Para octubre de 2024, el Ministerio de Comunicaciones, Infraestructura y Vivienda reportó que hay más de 314 asentamientos humanos precarios en el área metropolitana. El 60% de ellos se encuentra en zonas de riesgo. Las cifras muestran una ciudad que crece hacia el abismo.
El crecimiento de los asentamientos humanos precarios refleja la falta de acceso a vivienda formal y la presión urbana sobre las zonas de riesgo. En este contexto, las familias deciden construir en laderas y barrancos, a pesar del peligro constante que implica vivir allí.
Para Jorge Aragón, investigador del Departamento de Estudios sobre Dinámicas Globales y Territoriales de la Universidad Rafael Landívar, los asentamientos humanos precarios surgieron de la desesperación, y cumplen con ciertas condiciones. “Es producto de una toma colectiva de terreno, algunas personas no cuentan con la propiedad del lugar, y las viviendas son prácticamente de materiales de desecho”, comentó.
En estos espacios de riesgo comienzan las historias de Iris Gil y Patricia Sandoval, dos vecinas de Chinautla que han aprendido a habitar las laderas, resistir la lluvia y edificar una vida sobre tierra que nunca deja de moverse.

Iris Gil y el miedo que no se seca
Ese sábado 18 de octubre, llegué al barrio Joya San Rafael. Los vecinos lo llaman “La Culebrita”, porque el asentamiento baja serpenteante por la montaña. La única forma de llegar es descendiendo por un camino de angosto, ligoso por el moho de la lluvia. Antes de iniciar el descenso, está la casa de Iris Gil.
Una mujer de 58 años, madre de cuatro hijos, que ha pasado casi toda su vida en ese terreno al borde del barranco. Hoy ya no sale a vender como antes. Se dedica a cuidar su hogar, a sus animales y su pequeño jardín.
Lo primero que recibe a los visitantes es un corral con gallinas, montadas sobre cajas de madera, ordenadas sobre el suelo rojizo enlodado. A la izquierda, Iris levantó una pared de lámina donde colgó sus macetas con alambre oxidado. Más adentro, el terreno se convierte en un cementerio de cachivaches.
Restos de paredes, un colchón rosado, un lavamanos roto, y un árbol apolillado que parece haber sido arrancado de raíz. Todo esto quedó como rastro de los deslaves que Iris ha sufrido con los años. En el fondo, la quebrada natural de la montaña está cubierta de concreto agrietado y mohoso.
Lo que a simple vista parece una acumulación de ruinas personales es, en realidad, parte de un fenómeno más amplio que se replica en distintas zonas del país. En su texto “Asentamientos humanos e infraestructura”, Isabel Cifuentes Soberanis y Omar Flores detallaron que, anualmente, los deslizamientos comprenden el 30% de los desastres naturales que ocurren en Guatemala, sucediendo en laderas de barrancos y en taludes de carreteras. Esta estadística, fría sobre el papel, cobra vida en lugares como este, donde cada grieta del cemento es también una marca de pérdida.
Dentro del espacio habitable de Iris, la sala, comedor y cocina se confunden en uno solo. Las gotas se cuelan por las láminas y mojan los muebles, el estéreo antiguo y una televisión cubierta con una bolsa de basura rasgada.
Mientras Iris me contaba su historia, la radio sonaba con música pop. Ella ha sobrevivido a dos deslaves. El primero, en 1991, marcó el inicio de su miedo.
Mientras hablábamos, mis ojos se detuvieron en un cuadro colgado en la pared. Un marco de madera, con fotos circulares de dos de sus hijos cuando eran pequeños. Iris comentó que tenía más fotografías de su hija, pero lo perdió todo una noche, hace 34 años.

Episodios como este no pueden entenderse sin primero conocer las raíces históricas del fenómeno urbano que los ocasionó. Estas tragedias son consecuencia directa de una ciudad que se expandió sin control ni dirección.
Aragón argumentó que los asentamientos humanos precarios del área metropolitana son resultado de un proceso de urbanización, que se desarrolló como consecuencia de los siguientes eventos históricos: los terremotos de 1917 y 1918, el relajamiento social tras la Revolución de Octubre de 1944, el inicio del Conflicto Armado Interno y el terremoto de 1976. “El país ha carecido de instrumentos específicos para ordenar el territorio. Los asentamientos no son el problema, sino que son la expresión de un problema instalado”, expresó el urbanista.
Esta información ayuda a entender que las casas levantadas en las laderas no son fruto de voluntad, sino consecuencia de décadas de exclusión. Iris ha vivido en este terreno desde niña. Creció ahí junto a su abuela, acostumbradas a los pequeños derrumbes y árboles que caían con la lluvia. Pero nada la preparó para aquella noche.
Su historia no es una excepción. Los datos sobre urbanización en el área metropolitana muestran que este tipo de asentamientos se multiplican en las zonas que rodean la capital, un patrón que combina la migración interna y el abandono estatal.
Max Eduardo Lucas, José Luis Gándara y Luis Linares, en su artículo “Asentamientos precarios en la ciudad de Guatemala”, escribieron que los municipios del área metropolitana con más asentamientos humanos precarios son Guatemala, seguido de Chinautla, Villa Nueva y Mixco.
Aragón opinó que este es un fenómeno estructural, arraigado en el modelo agroexportador capitalista de Guatemala. El urbanista resumió que la capital se transformó en un lugar terciario y logístico para manejar las operaciones agroindustriales. “La ciudad se ha regido por una organización a partir de las necesidades de mercado”, declaró. Este modelo urbano explica por qué comunidades como la de Iris se asientan en los márgenes. La ciudad está creciendo hacia el riesgo.
Los vecinos de arriba habían construido un muro de contención. Pero, Iris les advirtió que estaba mal hecho.
—Se me entraba el agua, pasaba como que no hubiera nada —además de esta construcción negligente, sus vecinos tenían una fosa séptica que nunca rellenaron después de instalar su drenaje.
Una noche de tormenta, ese pozo vacío se llenó de agua y se desbordó. Alrededor de la medianoche, Iris escuchó el ruido estruendoso que la hizo saltar de la cama. Desde su cuarto, observó cómo el agua se empezó a filtrar entre el cemento del muro.

—De ahí comenzó la pared a tronar. Cuando yo vi, se comenzó a rajar. Agarré a mi hija y solo salimos —recuerda, con la mirada fija en la pared detrás de mí—. Fue puro milagro que estoy viva porque logré abrir la puerta.
Instantes después, una piedra gigantesca cayó justo enfrente de la puerta, sobre su casa. Todo quedó soterrado por el lodo.
—Perdí todo, me quedé solo con lo que tenía puesto. Y embarazada del niño, y con la niña de 3 años.
Durante los primeros días de limpieza y reparación, Iris volvió a vivir con su abuela, quién vivía más al fondo en el mismo terreno.
—Solo nació mi hijo, estuve en la dieta y me vine otra vez, para ver yo cómo arreglaba ahí. Pero fue a consecuencia de eso que mi hijo nació prematuro, por el estrés.
Las casas más arriba siguieron creciendo, echando más peso sobre la montaña debilitada. Esa expansión no solo modifica el paisaje, también agrava el riesgo. De acuerdo con el “Censo de Asentamientos 2021”, elaborado por la organización TECHO, dentro de los asentamientos humanos precarios, existen procesos de expansión y crecimiento poblacional, lo que empeora el hacinamiento y genera condiciones aún más inestables.
Esta falta de control territorial evidencia otro problema profundo: la indiferencia ante la precariedad. En Guatemala, la empatía suele agotarse donde empieza la distancia económica. Culturalmente, primero se busca el beneficio individual, incluso dentro de las comunidades vulnerables. Cada familia lucha por sobrevivir con los suyos. Por eso, aunque las soluciones requieren acción conjunta, los cambios estructurales se estancan en el egoísmo cotidiano.
Con voz templada y las manos sobre el regazo, Iris admite que con los años ha aprendido a manejar mejor el miedo, aunque nunca desaparece del todo.
—Yo tengo que estar ahí en el lugar que tú me diste, le digo al Señor. Pero sí me atormento.
Siete años después de aquel primer desastre, el Huracán Mitch volvió a ponerla a prueba. Era otra noche de octubre. El repiqueteo de la lluvia fue interrumpido por un crujido atronador. Segundos después, la montaña se deslizó. El deslave arrasó con la antigua casa de su abuela, que fue barrida por el lodo hasta el fondo de la quebrada. Para entonces, la señora ya vivía con Iris, en la parte alta del terreno.
Pero desde esa noche, aquel trozo de tierra nunca volvió a ser el mismo. Cada temporada de lluvia, la pendiente se deslava un poco más. Aunque la vecina de arriba recubrió la montaña con cemento, y la propia Iris trató de reforzarla, el agua siempre descascara el concreto.
El desgaste del suelo por las lluvias es un peligro constante en toda Guatemala. Isabel Cifuentes Soberanis y Omar Flores, en “Asentamientos humanos e infraestructura”, confirmaron que, entre las amenazas que representan las fuertes lluvias, la principal es el deterioro del pavimento, lo que inicia la erosión de la tierra, provocando deslizamientos.
El proceso de erosión se observa hasta en los detalles más pequeños. El desgaste de la tierra en el terreno de Iris ha sido constante. La inestabilidad tumbó sus macetas, y por eso improvisó jardineras colgadas en láminas. Antes de las tormentas de septiembre de este año, ese tronco seco que yace tirado era un árbol de Jacaranda, que le servía a Iris para tender su ropa y colgar plantas.
Los datos técnicos confirman que este tipo de deterioro es uno de los riesgos estructurales que enfrentan miles de familias. Según información publicada en “Censo de Asentamientos 2021” de la organización TECHO, existe un 14% de probabilidad de que sucedan derrumbes en los asentamientos humanos precarios. Además, existe 12.7% de posibilidad de inundaciones por lluvia y 10.7% de deslaves.
Estas cifras traducen lo que Iris ya conoce por experiencia, no es una amenaza hipotética. Ella podría volver a cementar la montaña para rellenar los desniveles. Pero ya no planea hacerlo. No tiene suficiente dinero para comprar materiales y pagar la mano de obra.
—Yo hacía algo, arreglé un poquito y todo. Porque cuando se fue el papá se mis hijos, solo ese dormitorio me dejó —señaló su cocina y mesa de comedor —. No estaba esto de acá. Eso lo fui haciendo yo después, con mi trabajo. Por eso de que mi casa está hecha de diferentes colores. Porque fue primero este espacio, luego ese y el otro.
La última obra que Iris hará es cambiar las láminas del techo y entubar sus cables de electricidad. Tampoco le alcanzan sus ahorros para hacer más desagües para las aguas pluviales.
En ese momento, Iris volteó a ver hacia su gallinero al escuchar un fuerte graznido. Ella sabe que sus animales seguirán mojándose, y que la montaña puede moverse otra vez. Pero no se puede ir. Bajo el sonido de la lluvia, lo único que le queda es rezar para que su casa no se continúe dañando.

Patricia Sandoval, la enfermera de la montaña
Llovió toda la tarde del domingo 19 de octubre. Aunque llevaba una chumpa rompeviento y una sombrilla gigante sobre la cabeza, percibía ese olor a hierro que se siente cuando el frío penetra hasta los huesos.
Había acordado reunirme a las 4 de la tarde con Patricia Sandoval, para recorrer junto a ella el trayecto hacia su nuevo terreno en un asentamiento de Santa Marta, donde planea vivir en unos meses. Patricia es una enfermera de 44 años que cuida a mujeres ancianas, turnándose entre sus casas durante la semana. Es madre soltera de tres hijos y, desde pequeña, aprendió a convivir con la dureza de las montañas.
Nos encontramos varias cuadras antes de la carretera principal. Caminamos con las sombrillas abiertas y los tenis resbalando sobre el asfalto mojado. Había que medir cada paso para no caer enfrente de un carro. La calle estaba llena de hoyos y basura mojada. No habían banquetas.
Los peatones deben caminar por las orillas, pegados a la pared para evitar ser arrollados por una camioneta que sube la montaña a toda velocidad. En ocasiones, teníamos que cerrar las sombrillas, pegar la espalda contra el muro y esperar que pasaran rugiendo.
Para llegar a la propiedad de Patricia había que descender por un pasadizo de gradas irregulares, sin barandas y cubiertas de moho. Un mal paso significaba caer directo a la carretera. A los costados se acumulaban bolsas de basura rotas, plantas silvestres y ríos de agua que corrían por las grietas del cemento.
Este paisaje no es solo resultado del descuido urbano, sino también del modelo de centralización de la ciudad, que aísla a las personas que viven fuera de sus fronteras. En su artículo “Asentamientos precarios en la ciudad de Guatemala”, Max Eduardo Lucas, José Luis Gándara y Luis Linares explicaron que la concentración de la producción, infraestructura, instituciones y servicios de salud en la ciudad aumentan la creación de estas viviendas en zonas inhabitables.
Esta lógica explica por qué, en lugares como Santa Marta, las personas arriesgan su vida por la necesidad. No hay viviendas accesibles y cercanas a la capital. Cuando sus hijos le preguntaron a Patricia por qué compró un terreno en Santa Marta, tan difícil de acceder, ella les explicó:
—Porque era lo único que podía pagar con el dinero que gano —desde entonces, los tres no han parado de quejarse. Nunca quieren bajar con ella a ver los avances de la construcción.
—Como son llenos de babosadas, ahí miran ustedes para dónde se van entonces —les contestó ella en una ocasión.
Más allá de la incomodidad del terreno, este es otro tipo de peso al que se enfrenta Patricia: el prejuicio. Vivir en un asentamiento implica llevar una etiqueta social difícil de borrar.

Ileana Ortega, en su texto “Una visión de los asentamientos precarios a través del pensamiento de la Dra. Morán y su vinculación con la Política Nacional de Vivienda y Asentamientos Humanos”, describió que existe una ideología alrededor de los asentamientos precarios que lleva a que sean discriminados y rechazados. Esta se basa en estereotipos negativos, que caracterizan a los ciudadanos en estas áreas como invasores, migrantes y delincuentes.
Esta mirada estigmatizante aísla aún más a las personas. Para muchas familias, como la de Patricia, el terreno donde viven es razón de miradas. Actualmente, los cuatro viven en el segundo piso de la casa de sus padres, en una pequeña sección de lámina.
A Patricia le urge salir de ahí. No solo por los constantes roces con sus padres, doña Fide y don Tono. Sino porque ellos le admitieron que están cortos de ingresos, y desean alquilar esa parte de la vivienda para solventar los gastos médicos de doña Fide. Ella padece de presión alta y requiere medicinas y visitas frecuentes al médico.
El nuevo terreno que Patricia está renovando está lleno de vegetación. Desciende como un pequeño barranco hasta una pared construida de blocks que no se puede tocar: frente a ella crecen decenas de varas de bambú. Todo el suelo está cubierto de plantas silvestres, como una jungla cerrada. Desde ahí, se alcanza a ver el Río de las Vacas corriendo abajo. El mismo que, cuando crece, se ha llevado casas enteras con su fuerza.
Desde esa altura, el río parece una línea café que atraviesa la montaña. Su corriente arrastra todos los desechos y la contaminación de la ciudad. El estudio “Perfil Ambiental de Guatemala de 2023”, de Jaime Luis Carrera y Virginia Mosquera, detalló que los ríos que desembocan en el río de Las Vacas son contaminados por los desechos de los municipios del norte, como Mixco, Palencia y San Pedro Ayampuc. Por lo que, cuando el agua pasa por Chinautla, llega con una calidad pésima.
De regreso, recorrimos el mismo camino, pero ahora cuesta arriba. Todo se sentía más pesado, cada paso era más empinado que el anterior. Patricia avanzaba con pulmones de acero. Yo iba detrás de ella, con el corazón palpitando en la garganta.
Mientras subía, pensé en lo absurdo que resulta exigir dignidad en un país donde caminar se vuelve una batalla diaria. Las élites y el gobierno hablan de progreso, pero ignoran que, para muchas personas, la única ruta hacia su casa es una cuesta sin banqueta, sin luz y sin seguridad.
Al llegar a la casa de los padres de Patricia, seguimos hasta la sala. Don Tono y doña Fide estaban viendo las noticias de la noche. Nos sentamos y la conversación derivó en sus recuerdos de deslaves y tormentas.

Con voz baja, Doña Fide confesó que ya no baja hasta Santa Marta. Las gradas empinadas la agitan demasiado por sus problemas de corazón. También le teme a la carretera. Siente que se podría resbalar al caminar y caer hacia el barranco.
Ella y don Tono han vivido casi toda su vida en laderas. Cuando Patricia y sus hermanos eran niños, habitaban un asentamiento llamado La Vuelta del Colmenar, en la última curva antes del puente de Santa Marta. Las casas quedaban a cuadra y media del Río de las Vacas. Historias como la de esta familia revelan lo complejo que es habitar espacios moldeados por la urgencia.
Jorge Aragón explicó que el primer paso para iniciar el ordenamiento territorial es evaluar qué espacios son susceptibles de ser mejorados, y cuáles deben ser abandonados por las condiciones inhumanas en las que viven. “Hay que determinar qué espacios ya son regulares, porque hay algunos que tienen títulos de propiedad, dotación de agua y energía eléctrica”, comentó el experto.
Sin embargo, la experiencia de doña Fide demuestra que muchas veces la decisión de permanecer en un lugar depende de la necesidad de sobrevivir.
Años después, se mudaron al asentamiento Veinte de Octubre, cerca de la colonia Arimany, donde vivieron dos desastres. Para llegar, había que descender casi verticalmente por lo empinado del terreno.
—Hay que bajar unas 60 gradas —recordó doña Fide—. Cuando uno venía para arriba, se sentía que iba para el cielo.
Después de subir o bajar, al día siguiente amanecían con dolor de pierna. Les tomó bastante tiempo desarrollar resistencia.
—Cuando muy llegamos, cargábamos agua desde el chorro público que había allá. En ese momento, aún no habían gradas. Bajaba de arrastrada, sentada, porque no podía.
Durante el Huracán Mitch, que azotó Guatemala en octubre de 1998, llegaron técnicos de la CONRED (Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres) a evacuar a los vecinos del asentamiento Veinte de Octubre.
—Estaba un muro por caerse —detalló Patricia, sentada en el reposabrazos del sillón—. Entonces llegaron los de la CONRED, y nos dijeron que nos saliéramos. Y era un montón de gente, nos sacaron a casi todos.
Decenas de familias fueron llevadas al salón comunal de la colonia Asunción, cerca de una iglesia católica. Durante los días más críticos del huracán, vivieron amontonados: adultos, niños y mascotas compartiendo un mismo cuarto. Su madre estaba fuera de la capital con su otra hija, Magaly. No podían regresar, ninguna camioneta quería arriesgarse a tomar carretera por los derrumbes.
—Cuando al fin logramos venir, a toparnos que ellos estaban en el salón comunal por la Asunción. Porque llamar tampoco se podía —doña Fide se frotaba las manos arrugadas—. Esa vez del Mitch, sí fueron los de la CONRED que llegaron a sacar a la gente. Pero de ahí, nunca.
Mientras escuchaba el relato, pensé en cómo estas historias no son casos aislados, sino parte de un problema que se repite en todas las laderas de la ciudad.

Para Aragón, referirse a los asentamientos como zonas marginales es incorrecto, ya que ni siquiera viven en zonas limítrofes. El urbanista recordó una investigación, en donde los especialistas determinaron que existe una jerarquización dentro de los asentamientos. Resumió que, más cercanos a la calle, viven empleados del sector servicios, de banco y oficinas del sector privado. “Son lugares que son centrales. Las personas buscaron una solución de vivienda que, de alguna manera, les sirviera de cercanía a los lugares de trabajo”, concluyó.
Esa jerarquía demuestra que los asentamientos no son periferias distantes, sino una extensión de la Ciudad de Guatemala. Comunidades que surgieron por las desigualdades que la misma metrópoli genera.
La casa familiar no se perdió por completo, pero los escombros cayeron sobre el techo y destrozaron la pila. Desde entonces, doña Fide tiene pesadillas cada temporada de lluvia.
—Yo soñaba, cuando estaba durmiendo, que la peña se me venía encima. Porque era grande. Entonces uno, cuando estaba dormido, no dormía tranquilo. A mí me daba miedo estar debajo de todo eso.
La historia de la familia Sandoval me hizo comprender que el miedo se instala incluso en los lugares donde debería haber descanso y tranquilidad. He pasado noches sin dormir por las pequeñas grietas en el techo de mi habitación. Y aun así, esa inquietud jamás podría compararse con la de vivir bajo una montaña que podría ceder en cualquier instante.
La vida en constante alerta no permite estabilidad ni paz. El cuerpo puede acostumbrarse al cansancio, pero no al temor permanente.
Para quienes habitan en riesgo, cada día es una prórroga. Viven el duelo de lo que podría perderse antes de que siquiera ocurra un desastre.
Años después, en mayo de 2010, la tormenta tropical Agatha volvió a desestabilizar a la familia Sandoval. Por entonces, seguían viviendo en el asentamiento Veinte de Octubre. En esa ocasión, la tierra de una peña se vino abajo y cayó sobre su casa.
—Antonio estaba ahí en el cuartito donde cayó la tierra —relató doña Fide, mirando a su esposo—. Y nosotros le decíamos “¡Salí, salí!”. Vuelta y vuelta él ahí adentro, acaso que salía. Hasta la gente llegó a ver.
Los vecinos pensaron que don Tono había quedado enterrado bajo el techo y la tierra, hasta que lo vieron salir caminando. Ese fue el punto de inflexión que los llevó a abandonar el asentamiento y buscar un lugar más seguro. Salieron esa misma noche y durmieron en la casa de su hijo mayor, César. Días después solo regresaron a empacar.
Magaly también vivía en el asentamiento pero decidió marcharse: una piedra enorme había caído cerca de su techo. Con su ayuda, doña Fide y don Tono lograron alquilar una vivienda en la Calla Alta Verapaz, más adentro del municipio de Chinautla. Ahí vivieron un año hasta que César les compró la casa donde actualmente residen.
Cada deslave y tormenta son un recordatorio de que existen familias que disputan su vida con la naturaleza todos los días. La tierra guarda historias de miedo y resistencia. Sin embargo, parece que la tragedia es la única forma de llamar la atención del Estado. Solo cuando el desastre deja escombros visibles y titulares en negrita, las autoridades se asoman para prometer soluciones que nunca llegan.
El choque del bus en la Calzada de la Paz este año fue otra prueba de esa reacción tardía. La respuesta llega siempre después del daño, nunca antes. ¿Tendrán que esperar los ciudadanos de los asentamientos precarios a convertirse en otro Cambray II, para que exista un plan real de ordenamiento territorial?
La historia de Iris y Patricia, como la de miles de familias, revela una verdad incómoda. En Guatemala, el suelo no solo se desliza, también se ignora.