Carolina Escobar Sarti: “La palabra me ha devuelto todo”
Carolina Escobar Sarti revela cómo la palabra ha marcado su vida: desde la poesía y el activismo hasta las luchas, resistencias y mundos que ha nombrado a lo largo de su trayectoria.
Carolina Escobar Sarti revela cómo la palabra ha marcado su vida: desde la poesía y el activismo hasta las luchas, resistencias y mundos que ha nombrado a lo largo de su trayectoria.
Ese jueves 25 de septiembre, el taxi serpenteaba entre las calles de la Ciudad de Guatemala, y yo no sabía exactamente a dónde me dirigía. Solo había visto La Teca en videos de redes sociales. Llegué treinta minutos antes de la cita, con la respiración agitada. La recepcionista, con una sonrisa amable, me invitó a pasar.
Nunca había visto una biblioteca así. Libros colgando de láminas rojizas por el óxido, estantes de madera oscura, mosaicos que parecían manchas de pintura, origamis multicolores que flotaban en el aire, cuadros brillantes y guirnaldas con tejidos de crochet que decoraban el techo.
En un pequeño salón de conferencias, entre mesas alargadas, me encontré con Carolina Escobar Sarti. Nos sentamos lado a lado, como hacen compañeritas en el colegio. Afuera de ese espacio, se escuchaban los pasos de lectores que iban y venían.
Llevábamos un rato platicando cuando el salón se llenó de presencias inesperadas. Apareció Fredy Santos, el director de La Teca, acompañado de Philippe Hunziker, cofundador y gerente de SOPHOS, además de una señora mayor y una joven. Yo no tenía idea de quiénes eran, pero Carolina sí. Con naturalidad, pausó la grabación, se levantó y los saludó. Ese encuentro confirmó que, en el ámbito de la literatura guatemalteca, ella se movía con soltura.
Muy pronto durante la entrevista comprendí que su vida no podía dividirse en etiquetas separadas. Nacida en 1960, Carolina Escobar Sarti es una de las voces más prominentes de Guatemala. Es poeta, escritora, catedrática e investigadora social.
Su nombre resuena en aulas universitarias, páginas de prensa nacional y foros internacionales de derechos humanos. Además, es directora de La Alianza, organización que acompaña a la niñez y adolescentes sobrevivientes de trata y abuso sexual.
Gracias a su trabajo, ha ganado reconocimientos como la Medalla Olof Palme y el Premio Unicef a la Comunicación, además de figurar entre las 100 mujeres más influyentes de Latinoamérica, según la revista Forbes.
Pero Carolina no es solo la activista incansable, ni la académica que ostenta títulos en Letras, Literatura Hispanoamericana y un doctorado en Sociología y Ciencias Políticas. Es también la mujer que, entre madrugadas robadas al sueño, ha escrito 11 poemarios, entre ellos “Palabras sonámbulas”, “Nada pesa” y “No somos poetas”. El más reciente, “Tanto río”, se publicó en febrero de este año.
Ese jueves en La Teca, rodeadas de cuadros y libros, Carolina me narró su vida, que desborda de palabras.

No sé si eso ha llegado a ser una realidad. La palabra para mí ha sido siempre esa necesidad mansa de respirar. A veces han habido desiertos y sequías muy fuertes, que no lo hago a propósito, tienen que ver con mi propia vida y mis historias. Pero no puedo separarme de la palabra.
La palabra es una relación que yo sostengo como la que Pessoa sostenía con las ciudades. De sueño, propósito, nostalgia y realidad. Una relación tirante, con luchas permanentes. Pero, en ese mismo lugar encuentro la mayor belleza.
Cuando hago estos ejercicios de irme hacia atrás, veo mi cuarto de adolescente, donde no me dejaban escribir en las paredes. Después sí lo hice en mi casa, donde nacieron mis hijos. En esas paredes hay fragmentos que conectan incluso las partes de la casa con mi ser. Y en mi apartamento actual, tengo escritos en la pared.
Desde que era niña, ponía textos que me gustaban, los escribía en las paredes. Igual en mi cuarto de adolescente. La palabra ha estado en mí desde siempre.
¿Cuándo conscientemente se convierten en respiración? Cuando encuentro escritos míos en una libretita. De esas que uno se llevaba a la tienda, de líneas, para apuntar qué quería llevar. Ahí encuentro poesía y prosa. Llenaba las libretitas completas. Las encuentro cuando mi padre muere y nos tenemos que cambiar de casa. Encuentro que desde adolescente yo había escrito, pero no lo tenía de manera consciente.
A partir de ahí empieza una relación más profunda. Cuando fui mamá, les llenaba los libros a mis hijos de escritos. Yo publiqué bastante tardíamente. Yo no era de esas que pensaban: “Tengo que ganar un concurso, tengo que meter esto a Juegos Florales”. Para mí la palabra era compañera de vida, era mi vida.
Entonces, tuve que esperar mi momento para publicar. Finalmente publico cuando Ana Cofiño me llama para el pensativo. Dijo: "Voy a publicar una colección de mujeres que se llama ‘Versadas’ y sé que tenés textos, ¿querés participar?". Y yo digo sí. De ahí en adelante no paré.
Ahorita van 11 libros de poesía, cuentos en antologías, bastantes ensayos, y dos novelas de construcción. Pero ha sido la palabra la que se ha abierto la puerta. Yo no fui pensando en que quería ganar y estar dentro de ese grupo selecto de escritores.
Yo quería solo escribir. Mi palabra soy yo y mis historias. Pero conscientemente fue un proceso y yo adoro los procesos.
Cuando yo estaba creciendo, creía que así se debatían las ideas. Teniendo ideas parecidas, completamente distintas, idénticas. No importaba como fueran, pero yo crecí creyendo que la diferencia de ideas era posible hablarla. Hasta que me di cuenta de que estábamos viviendo una guerra donde decir algo podía costarle a uno la vida.
Aún era muy pequeña como para participar de manera directa como otros estudiantes. Yo todavía estaba en el colegio cuando la represión estudiantil y otro tipo de represiones se estaban dando. Entonces lo que nos decían era que todo lo que se hablaba en casa no se repetía nada en el colegio.
¿Cómo esto repercutió luego en mí? Importantísimo. Sentía luego de la firma de los Acuerdos de Paz, que la palabra, en un país como el nuestro, era también sinónimo o símbolo de resistencia. Símbolo de lucha, de nombrar mundos que aquí se insistían en callar. Y, para mientras, el silencio de una sociedad completa era lo que se pretendía, que nadie dijera nada.
Incluso recuerdo como decían: "Ay, ese saber en qué estaba metido y por eso lo mataron". Y lo que lo que significaba eso era: dónde expresó sus ideas, cuáles ideas expresó, con quién las dijo. Las ideas de esta persona que mataban eran diferentes a las ideas imperantes.
Entonces, aprendí cómo la palabra nombra los mundos y cómo esos mundos pueden ser o no nombrados según esa palabra. Y se convirtió definitivamente en un mecanismo de resistencia, no importa si era oral o escrito, porque sabía que nombraban mundos. Entonces eso lo aprendí ahí. No de manera consciente primero, lo aprendí hasta los años.
Cada gente lee lo que quiere. No importa tanto lo que tú escribís. Si tú le pones un libro de Octavio Paz a dos personas, cada una va a leer lo que se le da la gana. Pregúntales a tres personas qué piensan del libro y su primera impresión es distinta.
Yo escribo el mundo que veo, percibo y sueño. Por ejemplo, con la guerra. Un montón de gente quería escribir panfleto para entrar dentro de la literatura de posguerra. A mí la guerra me dolió muchísimo, pero además me decían que la viviera marginalmente.
Yo no quería escribir un panfleto solo porque estaba de moda Otto René Castillo y Roque Dalton. Pero me invitaron al Festival de Poesía de Medellín, y estando lejos de mi país es cuando puedo escribir mi primer poema sobre la guerra. Años después de que se había firmado la paz.
Yo necesito saber que soy parte de una historia, pero no quiero hacer propaganda. Yo no hago mercadeo, yo no quiero venderme. Yo quiero escribir sobre mi percepción del mundo.
En las novelas que estoy construyendo ahorita, hay voces que no soy yo. Muchos de los personajes están construidos sobre personas que conozco o que imagino. Pero esta mi vida y mi impronta. En la poesía, el formato es otro. Pide la mayor concreción y limpieza.
Quien quiera leerme en mis libros de poesía, encuentra un recorrido.
Por ejemplo, “No somos poetas” para mí es un libro medular. No desconozco lo que escribí antes, unas cosas me gustan, otras nada. Pero era lo que yo estaba haciendo y quien yo era. Pero en “No somos poetas” reconozco un registro poético con el que me siento conscientemente vinculada.
Hay que ser un buen investigador y ver las señales adentro de los libros. Uno encuentra pistas sobre esa persona, su historia, y vida. Yo siempre he sido muy hermética con mi propia experiencia. Lo obvio es que tengo hijos y quién soy públicamente. Pero muchas cosas de mi vida privada las guardaré siempre. Quien las quiera encontrar en la poesía, las encontrará.
El artículo periodístico me es super cercano, porque siempre estoy pensando en la realidad guatemalteca, haciendo análisis de contexto. Yo empecé en 1993 a escribir columna en Pulso Económico en Siglo 21. Y luego en 1997, empecé con Prensa Libre, desde entonces estoy ahí.
Pero también he escrito para periódicos de Francia, Alemania, Estados Unidos. En hebreo, que me tradujeron. Ahorita un artículo sociológico para Escocia.
Con el artículo me siento ya, después de tantos años, familiarizada. Porque hay un número específico de caracteres que ya los tengo en la memoria. Siempre trato de argumentar muchísimo. Eso para mí es lo más importante.
El artículo de prensa ya me es casi una cuestión mecánica, pero también una necesidad como respirar. Si no tuviera esta vía de escape donde yo emitiera mi opinión sobre la realidad del país, tal vez lo haría estallar de otra manera en la poesía.
Esto me permite en la poesía tener un formato. Por ejemplo, se suicida una chica como en el último libro, y toda la primera parte habla de suicidio y muerte. Y es lapidaria y fuerte. Pero es muy distinto haberlo escrito en un artículo de prensa.
Entender cómo sale lo mismo que llevo aquí adentro, pero de manera distinta en cada formato. Todos los días escribo algo. Todos los días leo. De verdad, para mí la palabra es una necesidad fundamental.
Desde siempre. Primero, porque salgo públicamente con mis textos en los 90s. Era una época en que estaban saliendo los feminismos, las mujeres, las minorías, los pueblos originarios. Y publicar entonces con voz de mujer, con mi nombre y mi apellido, era muy fuerte.
Mis luchas empezaron desde la censura. Por ejemplo, yo era abiertamente anti-ejército, totalmente contraria a su lógica. Escribí sobre cómo las iglesias tenían muchísimo que ver en la fabricación de mundos para nosotros. Entonces, imagínate salir con eso en los 90s, planteaba una serie desafíos.
Uno de los primeros artículos en páginas editoriales que salieron sobre el genocidio fue mío. Entonces yo estuve amenazada de muerte en el 2001. Me tuvieron que traer en una avioneta desde Quetzaltenango para la ciudad. Habían amenazas en mi computadora, en teléfonos. Tuve que estar escondida algunos meses en mi casa, y fue por ese artículo. Luego, en el 2017, fue más o menos por lo mismo. Y también este año.
También burla. Me recuerdo que Mario Monteforte en los 90s dijo que no leía a las mujeres porque padecíamos de “vaginismo literario”. Entonces yo decido responderle con una monografía que se llamó el “Falogocentrismo literario en obras canónicas guatemaltecas” y estaba incluida la de él. Para mí el debate puede ser un juego también.
Como ha sido en 2001, 2017, 2023, los hechos más fuertes, para mí es como lo normal. Y ahora te lo mandan en las redes. Pero, una palabra que no quiebre con ningún molde, habría que verla.
Lo que sí hubo fue censura por mi discurso que empezó siendo feminista. Luego, por mis posturas anti-ejército. Y luego las censuras vinieron de los sectores de poder.
La palabra me ha devuelto todo. Me ha devuelto la posibilidad de seguir viva en un país como este y de expresarme. Ha sido fundamental para mí.
Las mujeres le robamos mucho tiempo a la vida. Sobre todo las que somos mamás. Muchas de las cosas que he hecho las hacía cuando se dormían mis hijos, después de que terminaban deberes. Mientras que mis compañeros hombres solo se preocupaban de escribir y de mandar a concursos.
Escribía por esa necesidad que tenía de empalabrar el mundo que estaba viviendo. De hecho hay un libro que se llama “Palabras sonámbulas”, el otro se llama “Rasgar el silencio”.
La palabra me ha devuelto la posibilidad de hacer esa interlocución con mi percepción del mundo y con la mirada de otros y otras. Y convertirme en especie. Recibo la palabra del que estaba antes que yo, y la paso a quienes vienen después. Eso me devolvió: convertirme en especie. Todo eso lo hacía robándole tiempo a la vida.

Me cuesta más recibir que dar. Y eso es algo que tengo que trabajar con mi terapeuta. Cuando recibo un reconocimiento lo agradezco profundamente. Pero a veces no sé si lo merezco, si fue suficiente mi escritura. Esto es una moral confesional, creer que no se merece todo.
Cada vez más reconozco que mi palabra se ha ido solita. Me llaman que van a traducir mi libro. Me invitaron a Barcelona, a Hungría. Me dedicaron el noveno Festival de Poesía de Guatemala, una feria del libro en Boston, la Feria Municipal del Libro.
Gracias a la palabra que me ha abierto esas puertas. Porque yo no es que estuviera cabildeando como hacen un montón, que tienen buenos amigos para que les abran. La palabra se ha abierto y lo agradezco. Y ahora estoy aprendiendo a bien venir los reconocimientos cada vez más. Si están, es por algo.
Representan muchísimo. Primero porque Centroamérica se desdibuja del mapa mundial. Ni siquiera del mapa mundial, de América en general. Por ejemplo, cuando se habla de América, se habla de Alaska y Canadá hasta Chile, pero se termina en México y se sigue en Colombia.
Centroamérica casi siempre queda desdibujada. Para mí, el tener una presencia del país centroamericano que, desde el norte, representa una entrada o una salida, si uno viene desde el sur de la región. Ha sido importantísimo.
¿Por qué es tan importante? Porque con la palabra se nombran mundos que no existían antes de la palabra. Y cuando nombramos mundos, los hacemos existir, los traemos a la mirada de otros ojos.
Y, esto es importante porque podemos hablar de nuestra cultura que es diferente. La mitad de nuestra población es maya, según el último censo. Casi la mitad es maya auto identificada. Seguro es un poco más por todos los que no se auto identifican, pero pertenecen.
Entonces, primero por eso. Segundo porque participo de un espacio donde hay otras voces, otras culturas. Otros mundos están siendo nombrados y el poner en relación esos mundos es fabuloso.
La palabra nos permite eso, traer mundos desde otro tiempo, desde otro lugar, desde otra forma de vivir, ser y ver el mundo. Y juntarlos con los nuestros. Entonces, ese enredar, ese ponernos en perspectiva con otras culturas, otras palabras y otras voces es fundamental.
Una puede conocer dentro de estas otras maneras de ver otros mundo que a lo mejor no había imaginado o que había concebido de manera distinta y hacerse las preguntas necesarias. Las ideas que se tienen fijas o preconcebidas no son las mismas que se tienen cuando se conocen a estas otras culturas, esos otros mundos.
Pero además también me da la oportunidad de representar a Guatemala. Entonces, esta es otra de las variables. Cuando uno dice patria, uno lo dice por una necesidad de afirmación, pero para mí solo es país o es patria lo que nos permite vivir en dignidad.
Entonces, cuando yo voy a estos espacios internacionales, digo cómo veo a mi país, cómo concibo esto que llamamos Guatemala. Y también es importante dar ese enfoque de país que se lleva fuera del propio.
Antes se llamaba “Casa Alianza”, y cuando cierra, nadie pensó que se volvería a abrir. Luego una persona de otro país me dice: "Queremos abrir esto acá y me refirieron contigo”.
Y yo en ese momento estaba dando clases en la universidad, haciendo unas consultorías sobre el Sistema de Integración Centroamericana. Estaba en ese momento con posibilidad de tomar una decisión con calma. Pero, cuando me hablaron del tema de trata y violencia sexual, yo sabía que no iba a querer solo una cosa.
Yo quería equipos multidisciplinarios trabajando por la niñez y la adolescencia que habían sido víctimas de estos delitos. Y quería que los lleváramos ante la justicia. Nació en lo que estaba escribiendo, evaluando y en la realidad del país que leía.
En aquel momento, ya había cerrado mi doctorado en sociología y ciencia política. Hice una tesis donde había mucho de estos cuerpos violentados, estigmatizados, negados. Y todo fue convergiendo. Me tardé 8 meses en responder. Finalmente en agosto del 2010 digo: "Voy a entrar”.
Éramos cuatro personas al inicio. Esto ahora se convirtió en tres espacios. Uno para niñas y adolescentes mujeres. Otro para niños y adolescentes hombres, el único que existe en toda la región y casi que en toda América. Y uno en Coatepeque, que es ambulatorio.
Lo que yo he recibido de esta experiencia es mucho más de lo que yo imaginaba. Las vidas de estas y estos jóvenes han sido los grandes maestros. Todos ellos son lienzos donde se han escrito historias muy duras. Y verlos transformarse y convertirse en sujetos de sus propias historias, es el mayor regalo de la vida. No lo cambiaría por nada.
Empecé porque, como feminista, quería responderle a una de las cosas más difíciles para las mujeres en este país, que es la violencia sexual.
Cuando uno quiere dar respuesta a algo, tiene que trabajar con las víctimas. No para que se queden siendo víctimas. Deben tener todo un equipo multidisciplinario para que se conviertan en sujetas de una historia diferente. Creo que ahí hay mucho de la motivación. Romper con una de las cuestiones culturales más fuertes de este país.
Mi vida es un todo. No es como si pusieras en una gaveta cinco cajitas con cincos de diferentes colores. Todos esos cincos están mezclados. Todo lo que yo he transitado en mi vida, me sirve en todos lados donde estoy.
Me encanta la docencia en las universidades. El año entrante creo que vuelvo.
Me encanta la investigación y levantarla sobre bases sólidas y argumentativas. Creo un país que no investiga, que no va por la búsqueda del conocimiento, no camina. Hay que investigar con el sentido de proceso. Mi tesis doctoral tiene toda la idea de que alguien más siga construyendo alrededor de las categorías de cuerpos y definiendo el corpus social del país.
Creo que la palabra tiene mucho que hacer, de manera oral y escrita. Publicar en los medios de comunicación como columnista que les habla a diferentes generaciones en artículos que salen tanto digitalmente como físicamente. Yo soy de las escritoras que cree que hay que tocar la vida. Ensuciarse las manos, ser un cuerpo junto a otros.
Ver transformarse víctimas en sobrevivientes. Trabajar con jóvenes que han tenido más privilegios, estar constantemente vertiendo la palabra en un lugar donde la gente te responde: me hace sentir que estoy viva. Que estoy junto con la humanidad en la cual nací.
Cortázar fue quien dijo que la esperanza era la única emoción que estaba fuera de nosotros y que era la vida misma defendiéndose. Yo digo que soy la palabra y la vida, al mismo tiempo. Soy parte de un entramado más extenso. Eso es lo que yo siento cuando me vinculo en los diferentes ámbitos donde me toca jugar.
Muchas veces me toca ir a dar una plática sobre trata, sobre tráfico. En otro lugar, hablando sobre poesía y arquitectura. Y me preguntan: “¿Qué tiene eso que ver con las niñas?”. Todo. Porque la palabra es sobre cuatro grandes temas, que lo decía Borges: la vida, la muerte, el odio, y el amor. Y los grises en el medio. Yo tengo la posibilidad de hablar de esos temas y de meter las manos en la vida. Es un amarre de vicios.